sábado, 31 de agosto de 2013

REVIVAMOS EL 5 - 0 (Partido completo y nota revista DONJUAN)

Hace 20 años –el domingo 5 de septiembre de 1993–, un poderoso equipo nacional comandado por Freddy Rincón, “el Pibe” Valderrama, “el Tren” Valencia y “el Tino” Asprilla, bailó y vapuleó 5 a 0 a la selección Argentina en el estadio Monumental de Buenos Aires.







“Puedo jurar que apenas Filippi pitó, no hubo uno solo de nosotros que entendiera la dimensión de lo que acabábamos de hacer. Sí, claro, digamos que celebramos, que brincamos, que nos abrazábamos, pero ni cerquita se nos pasó por la cabeza que ese sería el partido más hijueputa de la historia del fútbol colombiano”, manifiesta “el Pibe” Valderrama ...
, el ícono que, a sus 51 años, todavía vive de la gloria de sus crespos. Y la vende muy bien. Y tal cual lo recuerda “el Mono”, así lo dejaron ver las imágenes en vivo y en directo. 

Ningún jugador sabía qué hacer con su felicidad. De hecho, cuando la mayoría caminaba hacia el camerino, Alexis Mendoza se dio cuenta de que desde ciertos sectores de las tribunas del Monumental bajaban tímidos aplausos. El barranquillero, hábilmente, acudió al chiflido y llamó a los que iban hacia al túnel. Uno a uno, incluidos los suplentes, regresaron y se sumaron a una masa feliz y timorata que levantó sus brazos hacia las gradas. Entonces ocurrió lo que nunca había sucedido en la casa de la selección Argentina: el estadio completo, de pie, sincero como lo exige la obviedad, ahora sí, descolgó un aplauso redondo en honor a su verdugo.


“En mi vida vi algo similar. Aún me erizo de solo pensarlo. Los colegas argentinos nos miraban con gestos de admiración. Luego se lanzaron a preguntarnos ¿quién es este?, ¿quién es el otro?”, rememora Gabriel Briceño, por entonces el reportero que cubrió el encuentro para el Diario Deportivo, actualmente editor de Futbolred. 

La historia, hasta ese día, decía que una derrota así solo podía ser comparable al 6-1 que Checoslovaquia le había acomodado a la potencia suramericana en el Mundial de 1958, o al 4-0 que Holanda le aplicó en la Copa del Mundo de 1974. Pero este nuevo resultado, un 0-5 categórico, aportó un elemento de más para el memorial de quebrantos: Argentina jamás había sufrido una paliza de tal calibre en su propia casa. 

Así que, tanto las transmisiones televisivas colombianas como las argentinas, buscaron en la tribuna a Diego Armando Maradona quien, a un toque, se percató que estaba ponchado en la pantalla y hábilmente se sumó al aplauso. Con ese gesto de aprobación –que además mandaba al mismísimo carajo su frase relamida: “nosotros los argentinos debemos seguir históricamente como estamos: Argentina, arriba y Colombia, abajo”–, legitimó lo que ya era una verdad de a puño: Colombia fue muchísimo más que Argentina. Y con baile. 

Cuando los muchachos de la amarilla entraron al camerino, Hernán Darío “el Bolillo” Gómez –quien llevaba más de 15 minutos solo en el vestuario–, les recitó la misma frase que le había soltado a Maturana: “Ahora sí nos jodimos muchachos; tienen que ser conscientes de que ahora nos van a pedir ser campeones del mundo. ¡Pero qué hijueputa!, hay que celebrar”. Y de alguna manera tenía razón. Tal vez ese inolvidable e inusual equipo había alcanzado el punto más alto de su rendimiento. Tal vez era imposible superar esa presentación histórica, apoteósica y culminante. 

Sin embargo, más allá de cualquier preocupación futurista, lo único importante era que Colombia se había convertido, en ese instante, en la sexta selección en clasificar al Mundial gringo, después de Estados Unidos, Alemania, México, Rusia y Grecia. Por eso, y por muchas otras cosas más que tenían que ver con el hecho de haberle cerrado el pico a muchos de los protagonistas locales –que claramente se habían excedido en sus comentarios–, había que hacerle caso al “Bolillo”: a festejar. Y los muchachos lo hicieron con la misma concentración con la que jugaron el partido. Y hasta más. 



En vivo y en directo, para toda Colombia, los jugadores ofrecieron tímidas declaraciones al periodista de Caracol televisión, Adolfo Pérez, quien gracias a su insistencia logró ser el único comunicador dentro del camerino de la fiesta: Se clasifica, con baile y todo, que es lo más importante –dijo Valenciano–. –Esto sí es historia –comentó “Barrabás”. –Eso ya de nombres, no, eso ya no va más –proclamó “el Tren”. Leonel Álvarez, por su parte, sin camisa y de frente a la cámara, decidió cantar: “René, René, René... René, René, René...”, coro que pronto entonaron varios jugadores en obvio homenaje al portero René Higuita, quien esa noche supo del bailoteo detrás de las rejas en la cárcel Modelo de Bogotá. 

John Jairo “Ratica” Restrepo, el kinesiólogo de la Selección, le rapó el micrófono al periodista y dijo: “El triunfo es pa’ René, hermano”. 

Entonces habló Maturana y, en su laberíntico estilo, elaboró su análisis del partido con el cual, de paso, se sacó la espina: “...nunca hablaron de los argumentos futbolísticos, entonces me di cuenta de que era que había muy poquito. Entonces era cuestión de nosotros ir a expresar esos argumentos futbolísticos, apoyados en el hecho de una raza que no se amilana ante nada, y ya ellos tácitamente estaban reconociendo esa superioridad. 

De pronto había partidos donde uno decía que un día de estos íbamos a coger a un equipo mal parado y le íbamos a meter 4 o 5. Yo pienso que fue hoy... Colombia tiene más talento que Argentina y eso tenía que ser el fondo primordial de cualquier confrontación. Pero para poder expresar eso había que demostrar en un ... momento determinado que la otra propuesta también era válida, porque es un equipo que no se va a arrugar. Entonces cuando nos tocó apretar con ellos, apretamos. Y cuando nos tocó imponer el fútbol, creo que lo impusimos, y al final creo que los dos compromisos finales los ganamos bien ganados… Esta, indiscutiblemente, ha sido la victoria más importante, pero pienso que no va a ser la más, porque esto no ha terminado, yo pienso que Colombia ha entrado en el firmamento del fútbol con una luz bastante propia y amplia. Entonces no nos podemos dormir acá, tenemos que seguir trabajando con la misma humildad, con la misma dedicación, con la misma convicción. Y creo que al final podemos, digamos, recibir otros logros”.



Pero el tiempo dejó ver, por diferentes razones, que no hubo esa misma humildad, ni mucho menos esa misma dedicación. Lo único que hubo, con vistas al Mundial, fue convicción, traducida en una exagerada confianza. Caracol enlazó el vestuario de la Selección con la Casa de Nariño donde el presidente de los colombianos, César Gaviria –entre muchos otros disparates propios de la demagogia del tercer mundo, avivados por el whisky–, dijo: “Yo no creo solamente que este sea el mejor fútbol que haya jugado Colombia; es, sin duda, el mejor fútbol que hay hoy en este continente. Es, sin duda, la mejor expresión de la nueva América Latina, de una América Latina que está cambiando, de una América Latina que ya no se quiere sentir atrás, ni subdesarrollada, ni condenada al atraso”. Y todo lo dijo en serio.

El equipo se demoró dos horas y media dentro de la cancha de River, mientras la policía local dio el visto bueno para dejar salir a los triunfadores. Fue así como uniformados, “recogebolas” e integrantes de la Cruz Roja aprovecharon ese tiempo para pedirles autógrafos a los colombianos y hacerse fotos, muy especialmente, con “el Pibe” Valderrama, quien era el centro de toda la atención. Cuando finalmente el bus salió para el hotel, aquellas pedradas y “putiadas” de antes se convirtieron en los aplausos y reconocimientos de un pueblo que saludaba a Colombia a su paso. La calle, que en asuntos de fútbol es la verdad más severa, también entregó su dictamen. Y fue unánime.

 Una vez los muchachos llegaron al Caesar Park, comenzaron a destaparse las primeras botellas de todo tipo de chorros. Todo fue una colombianísima danza de abrazos, carcajadas y alcohol. Los campeones de las eliminatorias ni siquiera quisieron comer. “Pacho” Maturana, en la suya, les dijo a varios jugadores: “¡Pilas, no vayan a salir por ahí a dar papaya! Hay mucha gente dolida en esta ciudad y la calle puede ser peligrosa”. Pero no hay “yin” sin su “yang” y “el Bolillo” Gómez, en su estilo, le dijo a otro grupo exactamente lo contrario: “El que se quede esta noche por aquí se gana una multa”.



Así que la gran mayoría de los héroes de la jornada se fue de juerga. Abajo, en un salón del segundo piso del hotel –en lo que pareció ser la fiesta oficial–, decenas de colombianos celebraron con todos los juguetes. Lo que pocos supieron –y por años– es que los tragos rodaron por cuenta de una leyenda del narcotráfico criollo quien, en aquel entonces, todavía era un incipiente capo: Justo Pastor Perafán. Y muy a pesar de la insistencia del traficante –que en abril de 2001 fue condenado a 30 años de cárcel por la Corte Federal de Long Island–, ninguno de los jugadores aceptó participar de esa pachanga. Y no por un tema moral, sino porque todos querían celebrar a su manera. Los que sí rumbearon por cuenta del mágico derroche fueron los directivos de la Selección, varios políticos y un buen grupo de periodistas.

“Samuel Moreno, Andrés Pastrana, todos, sin excepción, pensamos que era una fiesta que pagaba la Federación. Después, años después, nos vinimos a enterar de que la recepción era de Perafán”, recapitula, dos décadas después, William Vinasco Che, el narrador de Caracol televisión.

 “Un funcionario del hotel nos preguntó a los periodistas que estábamos en el primer piso que quién era la persona que iba a pagar la cuenta de champaña que corría a borbotones en el segundo piso. Después supimos que, quien pagó en efectivo, de su bolsillo, fue Pastor Perafán. Solo en champaña, recuerdo, fueron algo así como doce mil dólares”, rememora el célebre comentarista de Caracol Radio Hernán Peláez Restrepo.

Mientras tanto, en las calles de Colombia, todas ellas exultantes de amarillos, azules y muchos rojos, se dio inicio al carnaval siniestro. El pueblo, desatado, se lanzó a festejar y, muy acorde con la época de la anarquía que había impuesto el narcotráfico, comenzó a consumir todo tipo de sustancias de manera desaforada. El saldo final fue de 76 muertos y 912 heridos, a lo largo y ancho de la nación, la gran mayoría en alto grado de intoxicación. Otro récord que arrojó el 5-0.



Lo cierto es que los grandes protagonistas de la noche se dividieron en diferentes grupos para celebrar a su manera. Buenos Aires estaba de luto, pero había unos pocos que querían celebrar. Por un lado, los “zanahorios” muy entre comillas, Alexis Mendoza, Wílmer Cabrera y “el Pibe” Valderrama, le hicieron caso a Maturana y se quedaron en el hotel jugando a las cartas y compartiendo, vía telefónica, con su familia.

“El Pibe’ nunca fue de fiestas. Incluso, en las concentraciones, él dormía solo porque a las 9:00 p. m. apagaba el televisor y no dejaba que nadie le interrumpiera el sueño. Así que optaron por dejarlo siempre solo”, evoca desde su casa en Medellín el exartillero Víctor Hugo Aristizábal.

 De la misma manera, “el Bolillo” Gómez se refugió en la habitación de su amigo “Pacho” Maturana: “No tomamos trago porque estábamos ‘remamados’. Pero sí recuerdo que hablamos hasta el amanecer y recordamos, uno a uno, todos los momentos de nuestra carrera hasta este partido. La alegría nos llevó a hacer un balance de la vida.

Eso fue tan loco como lindo. Incluso, esa noche, ‘Pacho’ me dijo: ‘Tranquilo, hijo, seguramente nos van a crucificar después, pero la historia dirá lo que hicimos’. Casi me hace llorar”, recuerda. Otro grupo, el de los “sardinos” que había representado a Colombia en los Olímpicos de Barcelona 92, se fue a celebrar a un famoso restaurante en la zona de La Costanera. Entre ellos estaban “el Turco” Mondragón, “el Betún” Lozano, Víctor Hugo Aristizábal, “Carepa” Gaviria y “el Tino” Asprilla. “Apenas atravesamos la puerta del local, la gente que estaba en el local comenzó a murmurar y uno a uno empezó a pararse de su silla para aplaudir. Nos ovacionaron como dos minutos seguidos. A mí me impresionó mucho el gesto. No lo podíamos creer”, reconstruye el actual portero del Deportivo Cali, Faryd Mondragón.

 Lo más delirante de la historia es que entre los comensales se encontraba un técnico campeón del mundo: César Luis Menotti. Sin pensarlo dos veces, “el Flaco” invitó a los muchachos de la amarilla a su mesa, les convidó un par de copas, les habló maravillas de su juego, les expresó su profunda admiración y, mirando a Asprilla, le dijo una frase que a todos marcó: “Si querés, solo si querés, vos vas a ser el mejor futbolista del mundo. Sos un verdadero fenómeno”.



 De allí, siempre acompañados por el empresario Mascardi, todos estos prospectos de leyenda siguieron la rumba en “Los años locos”, donde se toparon con “Barrabás” Gómez. ¡Moñona! Otro combo, entre quienes se encontraban “el Chonto” Herrera, Iván René Valenciano, Óscar Cortés y el periodista “Pachito” Santos, buscó un bar más privado en el centro de la ciudad. Y allá les dio hasta las tres de la mañana. Y por último, otra pandilla más, integrada por Wilson Pérez, Leonel Álvarez y Luis Carlos Perea, se fue a una discoteca donde, “los argentinos no nos dejaron pagar un solo trago, precisamente por lo cual salimos más prendidos que el carajo”, explicó “el Ñato” Pérez.

Unas horas después, poco antes de las 4:00 a. m., la gran mayoría de los jugadores volvió a encontrarse en el hotel. Pero faltaba más guateque. Así que un grupo de necios decidió salir a un club un poco más caliente: “Varios terminamos en un local de strip-tease donde las encargadas del destape hicieron un show en honor a Colombia”, explicó uno de los ídolos de la patria. Faustino Asprilla, por su parte, decidió pagar una suite del Caesar Park, “para no molestar a ‘Pacho’ ni al ‘Bolillo’”, revive.

Así que, en el último piso del hotel, el niño terrible armó una fiesta que haría sonrojar al mismísimo Silvio Berlusconi. Y allá siguieron derecho.

Otro que celebró de manera muy particular fue “el Tren” Valencia quien había salido a caminar por Recoleta con su representante Settimio Aloisio y con su paisano Freddy Rincón. “Ahí estábamos con nuestro mánager, hablando de mi posible paso a Boca, cuando nos encontramos con Batistuta, quien también era uno de los apoderados de Settimio. Debo decir que él, que no nos conocía muy bien, nos saludó y felicitó muy amablemente”, rebobina Rincón.

Entonces “el Tren” exigió lo suyo. “Recordé la apuesta que había hecho con la recepcionista del hotel, la llamé y, como ella había perdido, me aceptó la salida a comer. Entonces le dije a Aloisio: ‘Hoy me las pagás todas, me recogés en tu Jaguar y me llevás a comer a un lugar lindo. Tengo una invitada muy especial”.



Aloisio no tuvo otra que aceptar y, obediente, llevó al “Tren” a recoger a la joven. Cuando Valencia recibió a la doncella en la puerta de su casa –y muy elegante retornó al lujoso Jaguar–, esta vez ingresó a la silla de atrás del auto.

Entonces, ya acomodado, le dijo a la porteña: “Te presento a mi chofer en Buenos Aires”. El potentado empresario, con muecas mudas, apenas le respondió por el retrovisor: “Negro hijo de puta”, y varias veces.

Valencia fue a cenar con la recepcionista y luego volvió a llamar a su representante para que lo recogiera en el local. Juntos dejaron a la joven y, reventados de la risa, se fueron a celebrar a la oficina del mánager, donde bebieron cognac Rémy Martin hasta las 11:00 a. m., hasta cuando, finalmente, ahora sí al borde del colapso, apareció el alemán encargado de proteger al delantero colombiano. “¡Valencia, please!”, le dijo totalmente descompuesto. Y así, borracho, regañado y feliz, se lo llevó al aeropuerto de Ezeiza, con destino a Fránkfurt.

Horas antes, a las 9:00 a. m., los miembros de la selección Colombia, casi todos amanecidos, abordaron otro vuelo de Avianca en el que iba una buena cantidad de colombianos del común, todos dispuestos a seguir la pachanga. Una vez inició el viaje de retorno, el piloto de la nave dijo desde su cabina: “La aerolínea Avianca se une a la celebración nacional y quiere ofrecer un brindis de champaña a los héroes de la patria”.

Así empezó una “bebeta” que reanimó a los maltrechos jugadores quienes, a su vez, comenzaron a aceptar los tragos de cuanto espontáneo apareció. Mientras el humorista Guillermo Díaz Salamanca comenzó a hacer un show de imitaciones, que por largo tiempo entretuvo a los viajeros, Iván René Valenciano se encargó de mantener los vasos llenos de whisky. “De lo mamado que estaba, yo me quedé dormido, cuando me despertó un chorro de champaña en la cara. Pues era Valenciano que estaba más contento que el ‘carajo’. ‘A beber’, me dijo. Casi lo mato”, trae a la memoria Óscar Córdoba.

 “Pachito” Santos, por su parte, le quitó el computador al fotógrafo de El Tiempo, Henry Agudelo (su empleado), y empezó a mostrarle a cada jugador las fotos que había disparado el reportero gráfico. Todo fue una fiesta.



Muy pocos jugadores pegaron los ojos en el vuelo y, bebiendo, completaron algo más de 48 horas sin dormir. “Cuando llegamos a Bogotá, el piloto decidió sobrevolar El Campín y todos vimos lo repleto que estaba. Pero eso no fue lo impresionante. Lo increíble fue ver cómo desde la carrera 30, bajando por la calle 26, las vías estaban atestadas de gente hasta el aeropuerto. Debía de haber más de un millón de personas, seguro”, recuerda el periodista Gabriel Briceño.

Cuando aterrizaron, el piloto sacó una bandera de Colombia por su ventanita –tal cual lo dejó ver el canal 11 en vivo y en directo– y anunció que había una comitiva inmensa en el aeropuerto esperándolos.

Una vez se acercaron al muelle, y abrieron la puerta, al avión entró un comando armado que chequeó la situación. Entonces apareció el presidente César Gaviria quien, saludó de afán, les dijo a todos que los esperaba en el estadio de la 57 y, una vez se despidió, comenzó el zafarrancho de la salida de los jugadores por entre la masa.

“Ahí fue donde, seguramente, le robaron el computador a ‘Pacho’ Santos y con él se fue el más grande registro fotográfico del partido más importante de la historia del fútbol colombiano”, denuncia 20 años después el reportero gráfico Henry Agudelo.

 Luego vino el desbordado desfile de la Selección por la avenida Eldorado. “El Pibe” todavía se asombra con el descontrol del pueblo bogotano: “¿Cuánto nos demoramos del aeropuerto al estadio El Campín?, una eternidad. Y todos ‘piados’ y secos. Entonces yo le dije a Maturana: ¡Y qué, profe!, ¿nos vas a dejar morir? Manda aunque sea por una botella, ¡hey!?”.

 Pero ese no fue el problema. La gente empezó a darles licor a los ídolos a través de las ventanas, por donde, precisamente, intentaron colarse varios aficionados con el único fin de hacer parte de la gloria.



“La gente se guindaba de las ventanillas y así se iba por trayectos. Jamás vi tanta locura”, rememora Alexis Mendoza. Lo cierto es que, gracias a ello, la caravana se demoró casi cuatro horas en llegar al Nemesio Camacho, donde los esperó una masa de más de 52.000 espectadores en las graderías.

En el estadio, ahora sí, el presidente Gaviria no solo se echó un discurso elaborado, sino que le puso la Cruz de Boyacá al “Pibe” –en representación de todos los integrantes de la Selección–, mientras el pueblo cantó como en misa cristiana: “Maradona, rumbero, le metimos cinco-cero”, que al final se convirtió en un: “Maradona, periquero, le metimos cinco-cero”. Y en medio de la ovación y la refriega de la turba, “el Tino” Asprilla –amanecido, bebido y con el mismo cuadro de fiebre que casi no le permite brillar en el Monumental de Buenos Aires–, se desmayó.

 Entonces el médico de la Selección tuvo que sacarlo a escondidas de El Campín. En realidad, todos estaban al borde del colapso, precisamente por lo cual el cuerpo técnico rogó para que finalmente los dejaran descansar. Fue así como, luego de más de 50 horas de concentración, derroche físico, agite, celebración y discursos, el bus condujo a las estrellas del 5-0 hacia el Hotel Tequendama donde, aseguran todos, durmieron por más de 15 horas seguidas. El imborrable y estremecedor partido había terminado.

Fuente: Revista DONJUAN. - Imágenes de varias fuentes. Video Youtube: Partido completo del 5 - 0

Formación de los equipos para el partido


Bandera de Argentina
Argentina
0 (0)
Bandera de Colombia
Colombia
5 (1)
5 de septiembre de 1993, 19:00 UTC-3
Estadio Monumental Antonio Vespucio Liberti, Buenos Aires
75.000 espectadores aprox. (Final De Vuelta)
  1 POR Sergio Goycochea
20 DEF Julio Saldaña
15 DEF Jorge Borelli
  6 DEF Oscar Ruggeri
  3 DEF Ricardo Altamirano
17 MED Gustavo Zapata
  5 MED Fernando Redondo
10 MED Diego Simeone
21 MED Leonardo Rodríguez
18 DEL Ramón Medina Bello
  9 DEL Gabriel Batistuta
DT Argentina Alfio Basile
  1 POR Óscar Córdoba
  4 DEF Luis Fernando Herrera
15 DEF Luis Carlos Perea
  3 DEF Alexis Mendoza
20 DEF Wilson Pérez
14 MED Leonel Álvarez
  8 MED Gabriel Jaime Gómez
19 MED Freddy Rincón
10 MED Carlos Valderrama
11 DEL Faustino Asprilla
13 DEL Adolfo Valencia
DT Colombia Francisco Maturana